VERSíCULO
Proverbios 16:18 – Tras el orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída.
El orgullo toma muchas formas. A veces asumimos que sabemos más acerca de algo que otra persona, aun cuando no sabemos nada. A veces asumimos un rol o posición en que no tenemos derecho. A veces juzgamos a la gente y hacemos suposiciones basadas en nada más que nuestro propio sentido de ser mejor o saber más que alguien más. A veces incluso actuamos como si fuéramos Dios, gobernando nuestras vidas en lugar de reconocer nuestra dependencia en Dios para todas las cosas. La Biblia tiene muchos ejemplos de esto. Pienso en Nabucodonosor (Daniel 4:28-37) y Herodes (Hechos 12:19-23). Estos son sólo dos ejemplos, pero muestran cómo Dios toma en serio a los que son tan orgullosos que se creen más que Dios.
Una cosa que el orgullo hace es impedir que amemos a Dios y al prójimo. Estamos tan preocupados por la protección de nuestra posición y prerrogativas que no atendemos a nuestro prójimo. Una vez, cuando los discípulos de Jesús discutían sobre quién era el más grande, Jesús corrigió su orgullo, diciéndoles: “Si alguien quiere ser el primero, deberá ser el último de todos, y servirlos a todos” (Marcos 9:35). Y luego Jesús puso a un lado su posición y prerrogativas para lavar los pies de sus discípulos (el trabajo de un servidor) y morir en una cruz a pesar de que era inocente (Juan 13:1-17 y Filipenses 2:5-11).
Es bueno que todos nosotros hagamos regularmente un chequeo de nuestro orgullo. ¿Tengo más alto concepto de mí mismo que el que es debido? ¿Estoy juzgando a las personas que no tengo derecho a juzgar? Dios perdóname por mi orgullo y ayúdame a amar a los demás tanto (o más) que a mí mismo.